No quería escribir esta noche, pero siento que me arrepentiré si no lo hago. Esta noche es mi última como habitante de esta ciudad, pero más importante quizá, mi última como habitante de esta casa.
Para mí, casa sólo ha habido una. Cuando nací me trajeron aquí y desde entonces no he conocido otro hogar. Veintiocho años, mismo techo. Algunas cosas han cambiado pero las paredes son las mismas. Cuando llegué habitábamos aquí ocho, era una casa chica para tantos, ahora es enorme. De noche son más sus rincones oscuros que sus cuartos iluminados, más su oscuridad circundante que los cuerpos tibios que la habiten, y contrastando con su soledad nocturna, sigue siendo ruidosa a la luz diurna.
No han dejado de pisar sus suelos los pasitos temerosos de los niños que aprenden a caminar, los balbuceos de los que aprenden a hablar, los llamados de los clientes que desean una impresión, las maquinas incesantes que deboran electricidad, tinta y papel a cambio de una hoja impresa y un sonoro y constante vaivén de ritmos. Son las maquinas y bebés de siempre. Maquinas y bebés.
A veces me pregunto cómo pude sobrevivir. Es conocido entre mis amistades la hipersensibilidad que tengo a ciertos ruidos repentinos o rítmicos y lo mucho que aprecio y valoro un estado mental continuo de serenidad y quietud. Sobre tantas otras cosas en la vida, para mí, el silencio es uno de los más grandes dones. Acaso será por el ruido incesante al que tuve que verme acostumbrado como un Jean Baptiste Grenouille, fue un ambiente adverso el que me sensibilizó. Al mismo tiempo me pregunto cómo es que soy el único en casa al que parece molestarle. A mi alrededor la familia parece conformarse con el estrés provocado por las presiones cotidianas y por el incesante carrusel de ruídos que aparecen y desaparecen. Es como si no tuvieran necesidad de esta quietud mental, o más aún como si para ellos no existiera tal cosa y son insensibles al ruido que ellos mismos buscan y propician.
Ahora recuerdo cómo es que pude sobrevivir. Invertí mis horarios. Viví años de noche. Así pude escapar de las vociferaciones. Me hice un experto en el sueño pesado, inventé técnicas para dormir en medio de huracanes. Me acostumbre a utilizar una almohada encima de mi cabeza para tapar los sonidos, sin este sencillo bricolaje me hubiera matado hace años. El precio de mi paz y quietud fue el aislamiento. En las noches compartía mi vida con noctámbulos, photofóbicos y extraños en las redes. Allí me hice de amigos, allí me hice de amores. Allí deposité mi vida mientras escapaba de los aullidos que me perseguían. Para muchos un mundo con poca sustancia, virtual como les dicen otros pero para mí y mis amigos malditos el mejor mundo posible.
Así transcurrieron muchos años en penumbras, me hice amigo de la noche y ajeno a la vida cotidiana de los hombres, pero llegó el momento en que tuve que sincronizar mi experiencia con la de los otros y entonces mi escape ya no fue el tiempo sino el espacio. Ausentarme de la casa hizo el truco, pero así como el día le sigue a la noche, así también yo tenía que regresar al ruido de mi casa.
Una salida 'responsable' hubiera sido alienarme en el mundo laboral, escapar en el trabajo para no tener que lidiar con la casa que no podía habitar. Después de todo muchas personas suelen hacer esto. Sin embargo mi alienación tenía un propósito, lo que yo realmente quería era ser libre, libre para pensar sin distracciones y una alienación laboral hubiera provocado justo el efecto contrario. Sólo una vida académica podría liberarme, pero para alcanzarla debía sumergirme en la lectura y sacar los trabajos necesarios para probar mi valía ante los ojos de la inteligencia. Notarán entonces el dilema de que para escapar del ruido tenía que sumergirme en él. Claro que hay bibliotecas y parques donde uno puede leer, pero salir cotidianamente con libros y computadora en esta ciudad tiene muchos inconvenientes. Al final de cuentas el lugar donde uno debería sentirse más cómodo para trabajar y descansar debería ser la propia casa, y ha sido justo esta creencia la que me motivó para emprender el viaje todos estos años.
Yo no esperaba que la oportunidad de irse hubiera llegado tan rápido pero, así fue: intempestivamente. Hoy es la última noche, la que soñé tanto tiempo, hoy es real en toda su irrealidad. Pareciera como si todavía me quedaran años por vivir aquí pero no. Es imposible hacerse a la idea que mañana ya no dormiré en esta casa, nunca fue así salvo en algún viaje o paseo con fecha de regreso, hoy no hay tal.
Supongo que no hay manera de que me haga a la idea hasta que suceda, aunque llevo un largo rato intentándolo. Un día sorprendentemente cercano amaneceré en otra cama, rodeado de otras paredes y entonces lo comprenderé. Hoy no hay forma, —no hay banda—.
Mañana me despertarán los ruidos habituales. Mis sobrinos que se quedaron esta semana con mis padres harán sus correrías cotidianas, sus gritillos habituales, los escucharé y los veré pasar como diminutas sombras. Incluso los olfatearé debido a su cotidiana costumbre de aderezar los aires con sus humos. Mañana sentiré esta cama dura y tibia y miraré a mi entorno, nada me parecerá desconocido ni lejano, será como mi eterno siempre. Iré al baño en automático, con los pasos contados, iré a la cocina y me tropezaré con objetos cambiados de lugar. Desayunaré y leeré el mismo periódico que he leído por más de diez años. Escucharé los carros de la avenida San Jerónimo y las pruebas de natación y futbol del parque deportivo de la unidad. También oiré niños extraños que juegan en el restaurante de al lado entreteniendose mientras sus padres desayunan. Veré el cielo, será soleado pero semi-nublado, la tierra estará húmeda pues habrá llovido durante la noche. Será la última vez que sienta esa habitualidad. Ninguna mañana después de esta volverá a ser así.
Es curioso. Para ser un tipo que se queja tanto de ella es raro pensar que haya pasado tanto tiempo dentro. Las condiciones de esta ciudad aunadas a mi profesión y gustos me hicieron un estoico y monje budista que dejó de buscar más necesidad que un poco de silencio y que comprendió que dicho silencio puede estar donde sea incluso en los sitios más aterrorizantes y esquizofrénicos. Sin embargo un lugar tranquilo facilita mucho las cosas.
Pronto estaré en marcha buscando mi lugar silencioso, una casa donde pueda trabajar y descansar, un sitio donde mi mente pueda ser finalmente libre. Extrañaré como ya extraño este sitio, para mí siempre será esta 'mi casa' aunque ya no exista más. La casa de mi niñez y la casa por siempre de mis recuerdos. La casa que no me dejó ser libre pero que quizá, más importante, me puso en marcha para buscar mi libertad.