domingo, 30 de octubre de 2011

Cosas que no extraño de México:

—El tráfico. La ciudad con el peor tráfico del mundo, según IBM.
—El aire. Solía toser y estornudar por las mañanas debido a la contaminación, eso desapareció.
—El agua. Aquí el agua de la llave es totalmente potable, en México eso es muy cuestionable.
—El viento (la falta). Sopla muy poco el viento, aquí aprendí a disfrutarlo.
—El cambio estacional. Me gustan las estaciones, pero no los cambios y sus resfriados.
—El ruido. Inevitablemente. Es una ciudad estrepitosa.
—La renta. Carísima. Nunca me pude ir a vivir solo.
—La lluvia. En temporada aguaceros.
—El frío. En invierno. Ahora me doy cuenta que mi túnel de carpio se debía a él.
—La sequía. Eso no existe en esta región.
—La prepotencia. No sé porqué allá uno se siente menos con los burócratas y con los servicios.
—La americanización. Uno no sabe que tanto gringo es México hasta que uno vive en otro lado. ¿Ok?
—Las frutas, las carnes y los productos frescos. No se compara con la variedad y el sabor local.
—El vino. El de aquí es muy barato, gran variedad. Supongo que por la cercanía al puerto de Buenaventura que comunica con Argentina y Chile.

Cosas que son iguales o peores aquí:



—La pobreza y la desigualdad social. Pueblos en lucha.
—Las oligarquías. Algunas familias que lo controlan todo.


—Los políticos. Pero nadie se la mata al PRI.
—Los medios de comunicación. Aquí los periódicos son peores.

—Los baches. También aquí peores.
—El incumplimiento. Chilango y caleño: desmadroso y rumbero.
—La burocracia en las universidades públicas.


Cosas que extraño de México:

—La ciudad. (Sin tanta gente).
—La oferta cultura y diversidad social. Enorme, pero me las arreglo con internet.
—El lenguaje. Siempre.
—La comida. Inevitable.
—Octubre y el día de muertos.
—La unam y las librerías.
—Ciertas colonias, ciertos paisajes, ciertas montañas.
—La familiaridad.

Sobre todo extraño:

—La gente. Familia, amigos, algunas personas especiales.

viernes, 12 de agosto de 2011

Una vida de papel

Una persona sin documentos no posee una condición social. Para la sociedad dicha persona no existe. Conforme la vida se desarrolla nos vemos obligados de ir recolectando papelitos. Todo comienza con el acta de nacimiento-registro civil, dicho documento da fe de nuestra existencia pues al parecer nuestra presencia física no es suficiente. Atestigua también el lugar y la fecha de nacimiento, así como los padres y el importantísimo dato del juez que levantó el acta, —dato insignificante que se portará hasta el último hito de la existencia: el acta de defunción, pues sin esta se podría presumir que un difunto sigue vivo.

Así como en los sacramentos se espera que el individuo, durante las distintas etapas de la vida, vaya cumpliendo con las distintas normas sociales que lo habrán se hacer cristiano o ciudadano. Este comportamiento obsesivo de juntar papelitos no parece tener ningún otro objetivo más que el de ir conseguir más papelitos, siendo al parecer los más importantes unos de colores y forma rectangular que se pueden intercambiar por bienes o servicios. Cuando los chinos inventaron el papel ¿comprendieron la calamidad que habían generado? Claro que con el papel vienen también los libros, con ellos el conocimiento y al final el poder. Así que supongo que si el conocimiento es poder y este viene en forma de libros, la burocracia es la forma corrupta de lo escrito.

Debe haber algo de justicia profética en el asunto. Platón dio testimonio de los peligros de la palabra escrita en el Fedro —quizá debimos hacerle caso aunque él no hubiera atendido a la recomendación—, y desde que se escribieron los diálogos son los filósofos entre clérigos, legalistas y poetas, los qué han sido los más celosos de cuidar el poder magnífico de la palabra impresa: Nietzsche dixit. Cual Prometeo encadenado alguien tiene que purgar la pena de haberle concedido tanto poder a los hombres. Es justo quizá que alguno que otro filósofo rinda cuentas, y usualmente lo hace cuando va tomar cargo de un nuevo puesto académico o tiene que penar con años de trabajo administrativo como se suele castigar arbitrariamente en facultades y departamentos de todo el mundo.

Bajo las leyes de su propia norma los hombres están obligados a este trabajo tanto a la Sísifo como a la Kafka de recolectar papelitos pero eso sí con una actitud humilde y paciente. Los hombres tienen toda una vida para irlos adquiriendo, y siendo que esta labor es larga y trabajosa ninguno de ellos debería apresurarse. Las filas, los turnos y las citas son presagios corales que sirven de recordatorio, ¡ay de ayes entre aquellos que osen desafiar al sino! 

Las advertencias están y sin embargo siempre habrá el insensato-orgulloso presa de la hybris que pretende ser más que los dioses y ocupar un lugar en el cosmos que no le corresponde. Presuntuosos: se sienten hombres mejores. Creen que saben, pero como advirtió Sócrates no hay mayor ignorancia. Uno de estos ignorantes quiso hacer los trabajos de una vida en tres semanas, desde el registro de nacimiento, la cédula de identidad, antecedente penales, administrativos y fiscales, seguros, pensiones, pasantías y cesantías. Testificación fiscal, de lugar y años de residencia, bienes y propiedades, motivos y cartas de contratación. Estas y muchas más llegando hasta la libreta militar. Nuestro héroe está cerca de su empresa, e incluso como muchos otros atrás que él: Aquiles, Odiseo y Heracles logrará su cometido. Pero la labor incluye la penitencia. El problema de los héroes nunca fue el fracaso sino el éxito. El costo de la gloria es demasiado elevado: no es coincidencia que los griegos inventaran la victoria pírrica. ¡Que huellas en el alma quedan!, ¿a cambio de qué se ha ganado?, ¿habría conseguido más Ulises con quedarse en Ítaca? Ah, pero el héroe no puede renunciar a su destino, ese es el sello de el momento trágico, cuando el espectador se percata de que todo ha de salir mal irremediablemente. El éxito está a la vuelta de la esquina mis amigos, asegúrense de tener lo suficiente como para pagar el precio.

sábado, 6 de agosto de 2011

Aquí van las gracias totales

Gracias a mis padres, gracias a mi familia y gracias a mis amigos. Como dijo el poeta mil gracias por tanto y tanto amor. Hoy me encuentro en otra región y es como si fuera otra persona. Me fuerzo a pensar y a hablar de modos distintos, de otra manera no soy comprendido. Pequeñas sutilezas en la entonación, el modo gramatical o una palabra mal escogida conducen irremediablemente a la incomprensión, no es como si fuera algo nuevo para mí, pero ahora tengo que ser más cuidadoso.

El cuarto silencioso aún no llega, las condiciones de vida en las que me encuentro son sorprendentemente similares. La familia es familia, y me hace pensar en la reticencia y la solidez de las idiosincracias.

Mi estado de ánimo es prosaico, debido a la burocracia en la cual me encuentro atrapado y de la cual no he podido salir en meses, quizá años. El ruido perdura, el silencio sigue siendo una esperanza...

viernes, 29 de julio de 2011

La última noche en la casa

No quería escribir esta noche, pero siento que me arrepentiré si no lo hago. Esta noche es mi última como habitante de esta ciudad, pero más importante quizá, mi última como habitante de esta casa.

Para mí, casa sólo ha habido una. Cuando nací me trajeron aquí y desde entonces no he conocido otro hogar. Veintiocho años, mismo techo. Algunas cosas han cambiado pero las paredes son las mismas. Cuando llegué habitábamos aquí ocho, era una casa chica para tantos, ahora es enorme. De noche son más sus rincones oscuros que sus cuartos iluminados, más su oscuridad circundante que los cuerpos tibios que la habiten, y contrastando con su soledad nocturna, sigue siendo ruidosa a la luz diurna.

No han dejado de pisar sus suelos los pasitos temerosos de los niños que aprenden a caminar, los balbuceos de los que aprenden a hablar, los llamados de los clientes que desean una impresión, las maquinas incesantes que deboran electricidad, tinta y papel a cambio de una hoja impresa y un sonoro y constante vaivén de ritmos. Son las maquinas y bebés de siempre. Maquinas y bebés.

A veces me pregunto cómo pude sobrevivir. Es conocido entre mis amistades la hipersensibilidad que tengo a ciertos ruidos repentinos o rítmicos y lo mucho que aprecio y valoro un estado mental continuo de serenidad y quietud. Sobre tantas otras cosas en la vida, para mí, el silencio es uno de los más grandes dones. Acaso será por el ruido incesante al que tuve que verme acostumbrado como un Jean Baptiste Grenouille, fue un ambiente adverso el que me sensibilizó. Al mismo tiempo me pregunto cómo es que soy el único en casa al que parece molestarle. A mi alrededor la familia parece conformarse con el estrés provocado por las presiones cotidianas y por el incesante carrusel de ruídos que aparecen y desaparecen. Es como si no tuvieran necesidad de esta quietud mental, o más aún como si para ellos no existiera tal cosa y son insensibles al ruido que ellos mismos buscan y propician.

Ahora recuerdo cómo es que pude sobrevivir. Invertí mis horarios. Viví años de noche. Así pude escapar de las vociferaciones. Me hice un experto en el sueño pesado, inventé técnicas para dormir en medio de huracanes. Me acostumbre a utilizar una almohada encima de mi cabeza para tapar los sonidos, sin este sencillo bricolaje me hubiera matado hace años. El precio de mi paz y quietud fue el aislamiento. En las noches compartía mi vida con noctámbulos, photofóbicos y extraños en las redes. Allí me hice de amigos, allí me hice de amores. Allí deposité mi vida mientras escapaba de los aullidos que me perseguían. Para muchos un mundo con poca sustancia, virtual como les dicen otros pero para mí y mis amigos malditos el mejor mundo posible.

Así transcurrieron muchos años en penumbras, me hice amigo de la noche y ajeno a la vida cotidiana de los hombres, pero llegó el momento en que tuve que sincronizar mi experiencia con la de los otros y entonces mi escape ya no fue el tiempo sino el espacio. Ausentarme de la casa hizo el truco, pero así como el día le sigue a la noche, así también yo tenía que regresar al ruido de mi casa.

Una salida 'responsable' hubiera sido alienarme en el mundo laboral, escapar en el trabajo para no tener que lidiar con la casa que no podía habitar. Después de todo muchas personas suelen hacer esto. Sin embargo mi alienación tenía un propósito, lo que yo realmente quería era ser libre, libre para pensar sin distracciones y una alienación laboral hubiera provocado justo el efecto contrario. Sólo una vida académica podría liberarme, pero para alcanzarla debía sumergirme en la lectura y sacar los trabajos necesarios para probar mi valía ante los ojos de la inteligencia. Notarán entonces el dilema de que para escapar del ruido tenía que sumergirme en él. Claro que hay bibliotecas y parques donde uno puede leer, pero salir cotidianamente con libros y computadora en esta ciudad tiene muchos inconvenientes. Al final de cuentas el lugar donde uno debería sentirse más cómodo para trabajar y descansar debería ser la propia casa, y ha sido justo esta creencia la que me motivó para emprender el viaje todos estos años.

Yo no esperaba que la oportunidad de irse hubiera llegado tan rápido pero, así fue: intempestivamente. Hoy es la última noche, la que soñé tanto tiempo, hoy es real en toda su irrealidad. Pareciera como si todavía me quedaran años por vivir aquí pero no. Es imposible hacerse a la idea que mañana ya no dormiré en esta casa, nunca fue así salvo en algún viaje o paseo con fecha de regreso, hoy no hay tal.

Supongo que no hay manera de que me haga a la idea hasta que suceda, aunque llevo un largo rato intentándolo. Un día sorprendentemente cercano amaneceré en otra cama, rodeado de otras paredes y entonces lo comprenderé. Hoy no hay forma, —no hay banda—.

Mañana me despertarán los ruidos habituales. Mis sobrinos que se quedaron esta semana con mis padres harán sus correrías cotidianas, sus gritillos habituales, los escucharé y los veré pasar como diminutas sombras. Incluso los olfatearé debido a su cotidiana costumbre de aderezar los aires con sus humos. Mañana sentiré esta cama dura y tibia y miraré a mi entorno, nada me parecerá desconocido ni lejano, será como mi eterno siempre. Iré al baño en automático, con los pasos contados, iré a la cocina y me tropezaré con objetos cambiados de lugar. Desayunaré y leeré el mismo periódico que he leído por más de diez años. Escucharé los carros de la avenida San Jerónimo y las pruebas de natación y futbol del parque deportivo de la unidad. También oiré niños extraños que juegan en el restaurante de al lado entreteniendose mientras sus padres desayunan. Veré el cielo, será soleado pero semi-nublado, la tierra estará húmeda pues habrá llovido durante la noche. Será la última vez que sienta esa habitualidad. Ninguna mañana después de esta volverá a ser así.

Es curioso. Para ser un tipo que se queja tanto de ella es raro pensar que haya pasado tanto tiempo dentro. Las condiciones de esta ciudad aunadas a mi profesión y gustos me hicieron un estoico y monje budista que dejó de buscar más necesidad que un poco de silencio y que comprendió que dicho silencio puede estar donde sea incluso en los sitios más aterrorizantes y esquizofrénicos. Sin embargo un lugar tranquilo facilita mucho las cosas.

Pronto estaré en marcha buscando mi lugar silencioso, una casa donde pueda trabajar y descansar, un sitio donde mi mente pueda ser finalmente libre. Extrañaré como ya extraño este sitio, para mí siempre será esta 'mi casa' aunque ya no exista más. La casa de mi niñez y la casa por siempre de mis recuerdos. La casa que no me dejó ser libre pero que quizá, más importante, me puso en marcha para buscar mi libertad.

miércoles, 27 de julio de 2011

Voz de la guitarra mía

Paisajes solares, blanquecinos de valles, lagos fotografiados por Gabriel Figueroa y pintados por Gerardo Murillo. Cromos nacionalistas de bellas tehuanas y garbosos charros. Un taquito al pastor en salso roja, una torta de carnitas con chile chipotle dulce y un pulquito de mamey.

Nunca reconocí los rostros de la gente en el metrobus hasta que lo abordé por última vez, entonces al despedirme de la larguísima avenida de los Insurguentes, fue que reconocí sus rostros uno a uno. Mexicanos todos ellos, mexicanos. El nacionalismo patrio que sentí fue tan vergonzoso y cursi como cantar 'El rey' en el angel, con bigote de mentiras y sombrero de charro pintado con spray después de un partido de la selección contra Honduras.

Ni modo así es esto. Luego le dije 'nací escindido'. Los hijos de extranjeros son tan extraños o más, para el mundo, que sus padres. Perpetuos inconformes condenados a vivir en un mundo que no escogieron añorando un lugar que nunca existió. Mexilombia. Esa región solamente existe en la mente de unos pocos desafortunados y a la vez bendecidos de haber dado con estas naciones mágicas tan llenas de gente buena, que es familiar y distinta entre sí como primos-hermanos.

Despedirme ha parecido una agonizante eternidad, de mis lugares y de mi gente que tan pronto van a dejar de ser míos. Al final: el desapego, nada queda, sic transit... y todo eso. Al menos eso enseñan las escrituras de ambos hemisferios.

No me voy y ya extraño todo, como fantasma no habito ni aquí y ni allá, a los que conocí hace mucho y a quien conocí hace poco. Así es esto, non progredi est regredi. 

Mi querido de-efe: Tu rugir es tan inconmensurable como tu vastedad, mis oídos y mis ánimos estallan con tu frenesí. Tu espíritu insaciable no es apto para la quietud que solicita un filósofo. Te dejo pero nos volveremos a encontrar, aunque no sepa cuándo ni en qué modo al menos sé el dónde y que volverá a pasar; sabes bien que tenemos asuntos pendientes. Mientras tanto cuídate, que te bendiga Dios, no hagas nada malo que no hiciera yo (tururú-tururú).

Disculpa el entrecortamiento de mi discurso, si he saltado de un lugar a otro y si no hilé las ideas con punto fino pero es que haz calado hondo en mi alma y me he vuelto tan distraído como tú. Ahora solicito quietud.